Cancun

Cancun

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

En Cancún lloran las bubias ante la belleza de las aguas azules que permiten atisbos de un fondo transido por las sombras de monstruos acechando a los hombres y a los millones de pececillos que saltan como chispas azules, violetas, encarnadas…

En Cancún la cerveza corre a mares, las calles no duermen y en las esquinas los jóvenes bailan con ese dulce abandono que les permite olvidar la horrible oficina y esos remedos de fábricas que llaman escuelas.

En Cancún hay paraísos de mierda, sitios donde languidece el alma, donde la piel entona una fúnebre blasfemia.

El sol quema los ojos, no obstante lo cual es posible encontrar imbéciles dispuestos a freírse en las playas como ciegos despojos arrojados por los abismos del océano.

En Cancún he sobrevolado las aguas completamente borracho, en un paracaídas que arrastraban con una lancha motorizada.

La noche es mejor. A lo lejos las luces de hoteles y naves lejanas parecieran negar toda la vulgaridad burguesa y chillona que, indudablemente, convive con los detalles hermosos de Cancún.

Noches de Babilonia: un conglomerado de razas provenientes de todas las naciones se mezclan en los centros nocturnos con lúbricas contorsiones motivadas por el alcohol, la líbido y la cocaína.

¡Ah! Pasaba horas y horas en un bar que se finge una jungla, lleno de animales electrónicos y plantas de plástico.

En Cancún —una noche— dejé mi corazón… destrozado por uno de tantos imposibles.

 

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