El museo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi tía nos llevó a la misa de las ocho de la mañana; como de costumbre, Tito y yo nos salimos para pasar el oficio en la puerta con los vagos del pueblo donde, para ser francos, no se oía nada. Finalmente Laura y mi tía salieron y se fueron de compras después de darnos dinero para comprar unos helados que comimos en la plaza y, luego de un rato, Laura volvió con las llaves de La Casa del Pueblo para guardar los bultos.

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Laura

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi prima Laura nos miró con sus ojos azul acero: las hierbas húmedas me provocaban comezón en las piernas, a las que no alcanzaban a cubrir los viejos pantaloncillos cortos que traía encima; el arroyo entonaba una melodía suave, como el aleteo de las auras rondando a una vaca muerta.

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El ventilador

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Encendí el ventilador. El aire artificial daba de lleno en mi rostro, las luces de la ciudad brillaban fuera. Bebía un poco de café acompañando un cigarrillo, los compases de una música deslizaban por mi pecho secretos sueños del ayer que despertaron en un instante. Vacilé: era el miedo a la locura, a destrozarlo todo. El corazón amenazaba con volar hecho resortes, necesitaba respirar —era preso de la angustia—.

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La botella encantada del satánico abuelo del pobre de Jaimito

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Rosalinda abrazó por séptima vez a su hijo y volvió a recomendarlo al abuelo.

—Se lo encargo mucho.

—Ve sin pendiente, hija —contestó el anciano con una sonrisa maliciosa—, el chamaco sabe las reglas de la casa y no creo que dé mucha lata.

—Papá, se lo suplico, no vaya a ser demasiado severo. —Anda, anda, hija, qué mujer tan “preocupona” te has vuelto.

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