La Republica

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

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Goethe estaba irreconocible: agarraba a patadas al pobre viejo malagradecido y, pese a que el anciano ya había mordido el polvo, Goethe se ensañaba con sus pellejos y su lamentable esqueleto, cuyas máximas tanto citan los “abogangsters” y otros individuos —incluso clérigos— poco o nada recomendables. Continuar leyendo