Novelo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

El señor Novelo contempló el mar que ocasionalmente sacrificaba alguna de sus olas golpeándola contra los riscos de la playa. Los vapores del ajenjo seguían ahí, por lo que las sombras de la tarde fueron adquiriendo matices fantásticos. Un vientecillo agitaba sus oscuros cabellos.

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La capilla

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

¡Qué pueblo tan feo!, lleno de polvo y de aire. Magdalena dijo que sería pintoresco; más bien es horrible y la gente parece enojada.

—Buenas tardes.

—Buenas.

¡Qué seco! Sí, es horrible, y esas campanas lúgubres estarían mejor en una película de vampiros.

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El museo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi tía nos llevó a la misa de las ocho de la mañana; como de costumbre, Tito y yo nos salimos para pasar el oficio en la puerta con los vagos del pueblo donde, para ser francos, no se oía nada. Finalmente Laura y mi tía salieron y se fueron de compras después de darnos dinero para comprar unos helados que comimos en la plaza y, luego de un rato, Laura volvió con las llaves de La Casa del Pueblo para guardar los bultos.

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Laura

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi prima Laura nos miró con sus ojos azul acero: las hierbas húmedas me provocaban comezón en las piernas, a las que no alcanzaban a cubrir los viejos pantaloncillos cortos que traía encima; el arroyo entonaba una melodía suave, como el aleteo de las auras rondando a una vaca muerta.

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El ventilador

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Encendí el ventilador. El aire artificial daba de lleno en mi rostro, las luces de la ciudad brillaban fuera. Bebía un poco de café acompañando un cigarrillo, los compases de una música deslizaban por mi pecho secretos sueños del ayer que despertaron en un instante. Vacilé: era el miedo a la locura, a destrozarlo todo. El corazón amenazaba con volar hecho resortes, necesitaba respirar —era preso de la angustia—.

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La botella encantada del satánico abuelo del pobre de Jaimito

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Rosalinda abrazó por séptima vez a su hijo y volvió a recomendarlo al abuelo.

—Se lo encargo mucho.

—Ve sin pendiente, hija —contestó el anciano con una sonrisa maliciosa—, el chamaco sabe las reglas de la casa y no creo que dé mucha lata.

—Papá, se lo suplico, no vaya a ser demasiado severo. —Anda, anda, hija, qué mujer tan “preocupona” te has vuelto.

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Leannan-Sidhe

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Luego de la derrota amorosa que le costó un escándalo, un duelo y un proceso judicial, el exquisito poeta, sir Óscar Lindsey, se retiró a sus posesiones, en las tierras altas de Escocia.

Desde entonces el aristócrata se dedicó a vaciar la cava que su tío Wallace, el anterior amo de la ruinosa mansión, llenara con tanto cariño, y con una copa en la mano dividía su tiempo entre la ociosa contemplación del fuego y la lectura voraz de los libros.

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La piara

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

El día fue abrumador para Enrique, los clientes no cesaron de gritar, pero al fin llegó la hora de volver a casa. En el camino rentó una película, compró unos cigarros y no se detuvo hasta alcanzar su meta.

Enrique abrió la puerta para encontrarse con que su esposa e hijos se habían transformado en puercos; era más de lo que podía soportar y estalló furioso.

—¿Qué? ¡Yo rajándome la espalda en la tienda y ustedes ya se lo tragaron todo! ¡Me dan asco!

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El hospital rojo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

—La clase fue mediocre —pensó Antonio y prometió, por enésima vez, mejorar en lo sucesivo; ¿pero cómo explicar a esos trogloditas cuando le temblaban las manos? ¿Cómo revelarles los secretos de las ciencias exactas cuando el cuerpo gritaba por su dosis de alcohol?

—Tranquilo, tranquilo —se dijo a sí mismo al tiempo que se dirigía hacia su hogar. Una escala en la vinatería: se entretuvo dudando incapaz de decidirse a comprar una bolsa de cacahuates. El apremio del viejo gruñón que despachaba terminó por sugerirle una respuesta: —También los cacahuates.

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