Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Como Isolda arrojada a los leprosos sin un Tristán que viniese a rescatarla, como perlas derramadas en el fango de los cerdos, así eran los sueñosContinuar leyendo
Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Como Isolda arrojada a los leprosos sin un Tristán que viniese a rescatarla, como perlas derramadas en el fango de los cerdos, así eran los sueñosContinuar leyendo
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
La sala fría en plástico y metal de una instalación moderna por la que desfila un carnaval de rostros gélidos que a veces sonríen parapetados de cristal.Continuar leyendo
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
El día fue abrumador para Enrique, los clientes no cesaron de gritar, pero al fin llegó la hora de volver a casa. En el camino rentó una película, compró unos cigarros y no se detuvo hasta alcanzar su meta.
Enrique abrió la puerta para encontrarse con que su esposa e hijos se habían transformado en puercos; era más de lo que podía soportar y estalló furioso.
—¿Qué? ¡Yo rajándome la espalda en la tienda y ustedes ya se lo tragaron todo! ¡Me dan asco!
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—La clase fue mediocre —pensó Antonio y prometió, por enésima vez, mejorar en lo sucesivo; ¿pero cómo explicar a esos trogloditas cuando le temblaban las manos? ¿Cómo revelarles los secretos de las ciencias exactas cuando el cuerpo gritaba por su dosis de alcohol?
—Tranquilo, tranquilo —se dijo a sí mismo al tiempo que se dirigía hacia su hogar. Una escala en la vinatería: se entretuvo dudando incapaz de decidirse a comprar una bolsa de cacahuates. El apremio del viejo gruñón que despachaba terminó por sugerirle una respuesta: —También los cacahuates.
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Estudiaba en el bachillerato, había unos niños terribles que hacían desperfectos y Karla (ya toda una profesional del terror) y yo decidimos asustarlos. Mi cuarto estaba en el patio trasero: me había apoderado de las antiguas oficinas de papá e invité a los niños a invocar a un demonio con el Necronomicón. Los niños me desafiaron a intentarlo.
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Danza macabra, danza del silencio y de los barcos sin retorno;Continuar leyendo
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Esta mañana me mandaron por leña: me daba flojera levantarme, pero al fin tomé el hacha y al llegar a los árboles, el sol fue calentando. Terminé, me disponía a regresar, cuando vi una silueta que se acercaba, y el viento me sugirió que era El Diablo; es más, desde que lo vi estuve positivamente seguro de que era El Diablo. Avanzaba con ese paso lento y marcial, con ese porte de aristócrata arruinado. A punto de correr sentí que me miraban y por vergüenza, esperé un poco.
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