Mi tía nos llevó a la misa de las ocho de la mañana; como de costumbre, Tito y yo nos salimos para pasar el oficio en la puerta con los vagos del pueblo donde, para ser francos, no se oía nada. Finalmente Laura y mi tía salieron y se fueron de compras después de darnos dinero para comprar unos helados que comimos en la plaza y, luego de un rato, Laura volvió con las llaves de La Casa del Pueblo para guardar los bultos.
Mi prima Laura nos miró con sus ojos azul acero: las hierbas húmedas me provocaban comezón en las piernas, a las que no alcanzaban a cubrir los viejos pantaloncillos cortos que traía encima; el arroyo entonaba una melodía suave, como el aleteo de las auras rondando a una vaca muerta.
Jaime despertó con la conciencia de haber conocido en su sueño a una mujer bella y misteriosa. Tenía su número telefónico presente en la memoria. Quizá de broma o debido a una esperanza inconfesable lo apuntó en una libreta que siempre yacía sobre el buró, para luego levantarse por el desayuno.
Encendí el ventilador. El aire artificial daba de lleno en mi rostro, las luces de la ciudad brillaban fuera. Bebía un poco de café acompañando un cigarrillo, los compases de una música deslizaban por mi pecho secretos sueños del ayer que despertaron en un instante. Vacilé: era el miedo a la locura, a destrozarlo todo. El corazón amenazaba con volar hecho resortes, necesitaba respirar —era preso de la angustia—.
Con algunos comentarios por parte de Gengis Khan acerca de la necesidad de preparar salsas bien condimentadas
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Como ya he comentado en una de mis crónicas, absolutamente verdaderas (consúltese El secreto de Tory´s Burger, disponible en este mismo blog) mi amigo Toribio hizo su fortuna como el amo indiscutible de las hamburguesas, no sólo de Chihuahua, sino de todo el mundo, luego de atrapar a un chaneque a quien le arrancó, a punta de golpes, la receta para preparar la carne. No te dejes llevar por imitaciones chafas. Si comiste las Deli Burger y te causaron adicción las Tory´s Burger serán tu perdición, además de que Toribio es una persona tan amable y tan querida por todos que sería imposible dejar de consumir sus burger.
Luego de la derrota amorosa que le costó un escándalo, un duelo y un proceso judicial, el exquisito poeta, sir Óscar Lindsey, se retiró a sus posesiones, en las tierras altas de Escocia.
Desde entonces el aristócrata se dedicó a vaciar la cava que su tío Wallace, el anterior amo de la ruinosa mansión, llenara con tanto cariño, y con una copa en la mano dividía su tiempo entre la ociosa contemplación del fuego y la lectura voraz de los libros.
El día fue abrumador para Enrique, los clientes no cesaron de gritar, pero al fin llegó la hora de volver a casa. En el camino rentó una película, compró unos cigarros y no se detuvo hasta alcanzar su meta.
Enrique abrió la puerta para encontrarse con que su esposa e hijos se habían transformado en puercos; era más de lo que podía soportar y estalló furioso.
—¿Qué? ¡Yo rajándome la espalda en la tienda y ustedes ya se lo tragaron todo! ¡Me dan asco!
—La clase fue mediocre —pensó Antonio y prometió, por enésima vez, mejorar en lo sucesivo; ¿pero cómo explicar a esos trogloditas cuando le temblaban las manos? ¿Cómo revelarles los secretos de las ciencias exactas cuando el cuerpo gritaba por su dosis de alcohol?
—Tranquilo, tranquilo —se dijo a sí mismo al tiempo que se dirigía hacia su hogar. Una escala en la vinatería: se entretuvo dudando incapaz de decidirse a comprar una bolsa de cacahuates. El apremio del viejo gruñón que despachaba terminó por sugerirle una respuesta: —También los cacahuates.