Por: Elko Omar Vázquez Erosa
—Sólo ahora ha llegado mi hora —dijo mi señor—. En presencia de tu ejército y del pueblo griego, te disputo el derecho al imperio. El sultán Mohamed volvió a sacudir la cabeza y con gesto compasivo dijo:
—No seas loco. Arrodíllate, adórame como conquistador y te perdonaré la vida. De lo contrario, me harás montar en cólera y voy a hacer que te arrojen al estercolero, como Aristóteles cuando se enojaba de cargar con una vértebra de ballena. Mi amo replicó: —¡No eres tú el conquistador, sino yo! Su obstinación irritó al sultán Mohamed, quien dio una palmada y gritó: —Sea como quieres. ¡Dadle las botas de púrpura para que pueda morir con ellas puestas, tal como nació! No quiero disputarle la cuna. Al momento asieron los verdugos a mi amo y lo despojaron de su ropa, dejándolo en camisa; y sosteniéndole los brazos para que no se resistiera, le cortaron las arterias de las piernas; la sangre brotó a raudales y tiñó por completo sus rodillas, sus tobillos y sus pies. Mientras la sangre bajaba hasta el suelo, él se apoyaba en los hombros de sus ejecutores y, con los ojos clavados en el cielo, oraba diciendo: —¡Oh, Dios inescrutable! Durante todos mis días tuve sed de tu realidad. Pero en la hora de mi muerte te suplico: ¡Déjame volver! Concédeme de nuevo los grilletes del tiempo y del espacio, tus maravillosos y terribles eslabones. Otórgame esto, pues tú sabes lo que te pido. El sultán alzó su tembloroso mentón y dijo: —¡Contempla tu ciudad, basilio Giovanni Angelos! Con su último aliento, mi señor dijo: —Sí, contemplo la belleza de mi ciudad. A este lugar volverá algún día mi cuerpo astral, renaciendo de las ruinas de sus murallas. Como un viajero encadenado por el tiempo y el espacio, arrancaré algún día la negra flor de la pared. Pero tú, Mohamed, nunca retornarás. Así murió mi amo y señor Giovanni Angelos, con sus botas de púrpura puestas. Cuando lo abandonó el último aliento, los turcos le cortaron la cabeza y arrojaron su cuerpo a las aguas del puerto, emponzoñadas ya por muchos otros cadáveres.
Extracto del libro «El ángel sombrío», de Mika Waltari.

