Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Parecías una estatua
entre los rumores de la fiesta
y siempre en la memoria
como tal.
Después de ti
me fui cargando de tiempo
y fracaso, y a veces
no me reconocía en el espejo.
Sólo me sostuvo la soberbia
—esa virtud luciferina—
y cuando todos me miraban
y reían en secreto
la piel se me fue volviendo hielo.
A veces se clavaban los recuerdos
en mi pecho
y precisaba de un tornado
para llenarme los pulmones;
prendía un cigarro,
me servía una copa
y andaba como bestia encajonada.
Esperaban de mí una palabra
y tú misma aguardabas
algún reproche,
y me fui lejos,
buscando reinos extraviados
en la demencia;
pero encontré una lira
y una corona marchita
de laurel entretejido
con espinas.
Sólo me sostuvo la soberbia
—esa virtud luciferina—
y cuando todos comenzaron
a mirarme con desprecio
te fuiste apagando
y perdiste la gracia
de convocar tormentas,
y tu corte menguaba
y te seguían las alimañas
que se arrastran por el suelo.

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