Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Rosalinda abrazó por séptima vez a su hijo y volvió a recomendarlo al abuelo.
—Se lo encargo mucho.
—Ve sin pendiente, hija —contestó el anciano con una sonrisa maliciosa—, el chamaco sabe las reglas de la casa y no creo que dé mucha lata.
—Papá, se lo suplico, no vaya a ser demasiado severo. —Anda, anda, hija, qué mujer tan “preocupona” te has vuelto.
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