Por: Elko Omar Vázquez Erosa
En la oscura torreContinuar leyendo
que evitan las miradas,
un ogro acecha...
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
En la oscura torreContinuar leyendo
que evitan las miradas,
un ogro acecha...
Por: Elko Omar Omar Vázquez Erosa
El mago dejó sus librosContinuar leyendo
en un rincón de sombras
y de sueños frescos;
el tiempo
les fue amarilleando
como Apolo hace
con el trigo.
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Las horas de agonía en el trabajo habían pasado, el camión se detuvo en la parada y bajé. Crucé la calle, compré una revista y me disponía a ejercitarme en la más bella de las artes —el ocio— cuando un individuo casi me atropella a vertiginosa velocidad con su motocicleta. Le iba a reclamar; pero él me saludó y yo lo reconocí.
—Oye —dijo—, me acabo de enterar de que están contratando en un negocio de actualidad y telecomunicaciones, y que van a pagar en dólares.
—¿De qué se trata? —No sé, me acabo de enterar, pero es de buena fuente.
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—¿De veras lo crees? No le veo lo romántico.
—¿Nada? —Una sonrisa y el reto pendía en el aire. Pude sentir el escalofrío de su espalda; le temblaron las manos, bajó la mirada a la copa y dijo:
—Bueno… ¿por qué no? —Te va a gustar, es muy intenso. Tú y yo bajo la luz de la luna entre las tumbas. Nos sentiremos vivos y, te aseguro —sonreí— que ningún sepulcro se abre para dejar libres horrendas pesadillas.
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El señor Novelo contempló el mar que ocasionalmente sacrificaba alguna de sus olas golpeándola contra los riscos de la playa. Los vapores del ajenjo seguían ahí, por lo que las sombras de la tarde fueron adquiriendo matices fantásticos. Un vientecillo agitaba sus oscuros cabellos.
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¡Qué pueblo tan feo!, lleno de polvo y de aire. Magdalena dijo que sería pintoresco; más bien es horrible y la gente parece enojada.
—Buenas tardes.
—Buenas.
¡Qué seco! Sí, es horrible, y esas campanas lúgubres estarían mejor en una película de vampiros.
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El viejo enciende la pipa y aviva el fuego, luego se sienta a mirar el paso helado del viento, el paso de los sueños que nunca volvieron.Continuar leyendo
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Es increíble lo que se puede envejecer con unos años de poesía y soledad, la tragedia de ver cómo se desdibujan las preguntas que ya no quieren preguntar.Continuar leyendo
Por: Elko Omar Vázquez Erosa
Mi tía nos llevó a la misa de las ocho de la mañana; como de costumbre, Tito y yo nos salimos para pasar el oficio en la puerta con los vagos del pueblo donde, para ser francos, no se oía nada. Finalmente Laura y mi tía salieron y se fueron de compras después de darnos dinero para comprar unos helados que comimos en la plaza y, luego de un rato, Laura volvió con las llaves de La Casa del Pueblo para guardar los bultos.
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Mi prima Laura nos miró con sus ojos azul acero: las hierbas húmedas me provocaban comezón en las piernas, a las que no alcanzaban a cubrir los viejos pantaloncillos cortos que traía encima; el arroyo entonaba una melodía suave, como el aleteo de las auras rondando a una vaca muerta.
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