Rodolfo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Las horas de agonía en el trabajo habían pasado, el camión se detuvo en la parada y bajé. Crucé la calle, compré una revista y me disponía a ejercitarme en la más bella de las artes —el ocio— cuando un individuo casi me atropella a vertiginosa velocidad con su motocicleta. Le iba a reclamar; pero él me saludó y yo lo reconocí.

—Oye —dijo—, me acabo de enterar de que están contratando en un negocio de actualidad y telecomunicaciones, y que van a pagar en dólares.

—¿De qué se trata? —No sé, me acabo de enterar, pero es de buena fuente.

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En el cementerio

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

—¿De veras lo crees? No le veo lo romántico.

—¿Nada? —Una sonrisa y el reto pendía en el aire. Pude sentir el escalofrío de su espalda; le temblaron las manos, bajó la mirada a la copa y dijo:

—Bueno… ¿por qué no? —Te va a gustar, es muy intenso. Tú y yo bajo la luz de la luna entre las tumbas. Nos sentiremos vivos y, te aseguro —sonreí— que ningún sepulcro se abre para dejar libres horrendas pesadillas.

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Novelo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

El señor Novelo contempló el mar que ocasionalmente sacrificaba alguna de sus olas golpeándola contra los riscos de la playa. Los vapores del ajenjo seguían ahí, por lo que las sombras de la tarde fueron adquiriendo matices fantásticos. Un vientecillo agitaba sus oscuros cabellos.

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El museo

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi tía nos llevó a la misa de las ocho de la mañana; como de costumbre, Tito y yo nos salimos para pasar el oficio en la puerta con los vagos del pueblo donde, para ser francos, no se oía nada. Finalmente Laura y mi tía salieron y se fueron de compras después de darnos dinero para comprar unos helados que comimos en la plaza y, luego de un rato, Laura volvió con las llaves de La Casa del Pueblo para guardar los bultos.

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Laura

Por: Elko Omar Vázquez Erosa

Mi prima Laura nos miró con sus ojos azul acero: las hierbas húmedas me provocaban comezón en las piernas, a las que no alcanzaban a cubrir los viejos pantaloncillos cortos que traía encima; el arroyo entonaba una melodía suave, como el aleteo de las auras rondando a una vaca muerta.

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